Parricidio

Parricidio
En el último tajo, el filo se desprendió del mango del hacha. No le importó. Alzó los brazos en señal de triunfo y levantó las cejas jubilosamente. El trabajo estaba consumado: el crujido del tronco anunciaba que el árbol estaba por caer. Pensó que el esfuerzo de la mañana había valido la pena; misión cumplida. Saboreaba la comida que aquella tarde compartiría con su familia, una vez recibido el dinero de la paga. 
Giró la cabeza y sus ojos se llenaron de espanto, Chalino dio un paso atrás, apenas un instante de respiro... y entonces lo vio. El filo se había enterrado en la frente de su padre, justo en el centro, como si la muerte hubiera apuntado con precisión quirúrgica. Los ojos del viejo se abrieron, sorprendidos, pero ya vacíos. Cayó de rodillas primero, como si aún pudiera sostenerse. Luego el cuerpo se desplomó pesadamente, sin despedirse.
Chalino corrió, con los brazos temblorosos, gritando sonidos de dolor hacia su padre. Lo levantó inútilmente y se empapó de sangre tibia. Chalino no lloró. No supo cómo. Solo sintió que algo se había roto en su pecho para siempre.
En un instante dejó de ser hijo. En un parpadeo se convirtió en asesino.
La sangre lo marcaría más que su apellido. No habría descanso, no habría perdón. El monte se volvió una fosa común. La tierra, cómplice.
No hubo testigos, pero el silencio lo juzgó desde entonces.
Norah Bravo, Escritos mortecinos…

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