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QEPD

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QEPD Murió como vivió: en sobriedad y pobreza. Se fue por hambre, frío, soledad o infarto; quizás todo a la vez. El hedor fue la voz que anunció su deceso y la fosa común, su última morada. Así, sin flores ni lágrimas. Solo el silencio por compañía.  Bravao, Norah, Escritos mortecinos…

¿Encuentro casual?

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¿Encuentro casual? Quince asistentes llegaron a la función. No era mucho, pero bastaba para ser la primera. Estaba por cerrar cuando una voz —demasiado suave para esa hora— me detuvo. —¿Me puede vender un latte , por favor? Alcé la vista y reconocí a Jennifer. Con ella, “todo encuentro casual era una cita”. Nunca sabía cuándo volvería a verla. Siempre aparecía. Nos miramos unos segundos. El silencio, entre nosotros, decía más de lo que cualquier palabra habría podido sostener. Nos abrazamos. Luego me besó: primero despacio, después con una urgencia que no pedía permiso. Le mordí los labios. —Con cuidado, me duele —dijo. Me detuve. Acaricié su mejilla. La besé en la frente. Cuando intenté separarme, me abrazó más fuerte. Nos quedamos así. No recordaba un abrazo así, o tal vez sí, pero no en el momento indicado. Norah Bravao, Cotidianidades …

Binomio

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Binomio Vos con tus berrinches y dramas; yo con mi veteranía, mi seriedad y esa mirada inhóspita que, sin saber cómo, te retuvo. Somos distintos. Irreconciliables, diría cualquiera. Pero al encontrarnos, encajamos: como lo cóncavo y lo convexo. Ahí, justo ahí, ocurre todo. Bravao, N., Del amor y otras cursilerías…

Bukowski

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Bukowski Alrededor de las tres de la mañana, entré en la casa de mi vecina. La casa se defendía con pisos de madera pulida y con lámparas demasiado modernas. Subí a la recámara principal. Tenía un toque muy femenino y una cama con un edredón rojo con cojines de corazón y un tenue olor a perfume frutal. Todo estaba muy ordenado, pero se percibía polvo de meses. En el centro de su cama había un libro: La máquina de follar . Lo tomé y escuché el sonido de una sirena. Salí de la casa cual ladrón en fuga y con el libro en las manos. Norah Bravao, Cotidianidades…

Polvo eres

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Polvo eres “Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris.” Tardó en responder, como siempre. Dijo que no podía seguir, que la culpa la estaba consumiendo. Colgó. Un minuto después, volvió a llamar: —Ábreme. Ya estaba afuera cuando salí. La luz de la calle delineaba su figura con una seguridad que no correspondía a su voz. Entramos sin hablar. Su cercanía no era ternura: era urgencia, como si quisiera escapar de algo que la alcanzaba incluso en silencio. En la habitación, todo ocurrió demasiado rápido. Sus movimientos eran intensos, desordenados. Por momentos, su respiración se quebraba, pero insistía, como quien lucha contra un límite invisible. Cerré los ojos. El golpe fue seco. Cuando los abrí, estaba en el suelo, inmóvil. La llamé. Nada. Busqué su pulso con torpeza. Nada. La observé en silencio: el maquillaje corrido, el cuerpo aún tibio, la expresión detenida en algo que no alcancé a comprender. Entonces lo recordé: “polvo eres y al polvo volverás”. Me quedé quieto, sin...

¿Qué sucedió?

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¿Qué sucedió? La bicicleta me ha llevado por caminos diversos, lugares que no son de fácil acceso y que uno no sabe lo que se va a encontrar. Recuerdo que iba rodando solo a pie de carretera y no supe cómo salió a mi encuentro una perrada. Un ciclista está acostumbrado a ser perseguido por los perros, pero en aquella ocasión, eran demasiados, 15 o más. Sentí miedo porque seguían llegando a mí. Luego mi miedo se convirtió en espanto, porque identifiqué a varios cachorros. Estaban tan interesados en alcanzarme que no medían el peligro de ser atropellados por los carros que pasaban a toda velocidad. Me bajé de la bici; los enfrenté y los incité a que regresara a sus hogares. Se desconcertaron, pero luego de insistir, se marcharon. Después he vuelto a pasar por ese paraje y les he llevado croquetas. Así surgió una especie de amistad. Luego de mucho tiempo de ausencia, esta semana regresé con croquetas para mis amigos, pero el camino estaba vacío: ni un ladrido. Solo el ruido de los autos, ...

Maaldu Alievo

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Maaldu Alievo Somos reacciones químicas complejas que mantienen la vida. Heidegger afirmó que “el lenguaje es la casa del ser”. Más que química, somos lenguaje: somos palabras. Una persona es, en gran medida, las palabras que se dicen de ella. Te relaciono con las palabras serenidad y entusiasmo, pero para crear un contraste parecido al de un oximorón podría decirte: ‘serenidad desbordada’: desbordada en el entusiasmo, un entusiasmo tranquilo. Fuiste un hombre con el que se disfrutaba estar. Te recordaré como un ser humano que pasó haciendo el bien. Estas líneas más que una elegía, son una imagen refulgente de tu paso por el mundo. Nuestro último encuentro fue en una mesa en la que hablamos sobre el hombre como problema, en el marco del día internacional de la filosofía; pero estoy seguro de que nos volveremos a encontrar. Hasta siempre, Maaldu.  Aarón Bravo, A mis amigos…