Polvo eres “Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris.” Tardó en responder, como siempre. Dijo que no podía seguir, que la culpa la estaba consumiendo. Colgó. Un minuto después, volvió a llamar: —Ábreme. Ya estaba afuera cuando salí. La luz de la calle delineaba su figura con una seguridad que no correspondía a su voz. Entramos sin hablar. Su cercanía no era ternura: era urgencia, como si quisiera escapar de algo que la alcanzaba incluso en silencio. En la habitación, todo ocurrió demasiado rápido. Sus movimientos eran intensos, desordenados. Por momentos, su respiración se quebraba, pero insistía, como quien lucha contra un límite invisible. Cerré los ojos. El golpe fue seco. Cuando los abrí, estaba en el suelo, inmóvil. La llamé. Nada. Busqué su pulso con torpeza. Nada. La observé en silencio: el maquillaje corrido, el cuerpo aún tibio, la expresión detenida en algo que no alcancé a comprender. Entonces lo recordé: “polvo eres y al polvo volverás”. Me quedé quieto, sin...