Zicatela



Zicatela es una playa de olas imponentes. No es para cualquiera: solo deberían adentrarse en el mar los nadadores expertos o los surfistas curtidos. Desde el primer momento, se percibe una mezcla de culturas que la vuelve única. Aunque es territorio mexicano, su atmósfera es claramente cosmopolita. Hay visitantes de todo el mundo: israelíes, ucranianos, marroquíes, norteamericanos, argentinos, españoles, italianos, entre otros; es decir, un mosaico de nacionalidades y acentos. Cada quien viene por algo distinto: vacaciones, aventura, trabajo o romance.


La hospitalidad es auténtica. La mayoría de las personas es amable, incluso cálida. No sé si se debe al ambiente turístico o si, sencillamente, así es la gente en esa región del Pacífico.


El Adoquín es ideal para caminar con calma, curiosear artesanías y dejarse llevar por el ritmo del lugar. La laguna de los cocodrilos impresiona por su inquietante serenidad: el silencio ahí huele a peligro. Las Manitas aportan un toque de calidez entrañable a la playa. Y la avenida del Morro, con su vida colorida y su cercanía con el mar, seguramente será la favorita de muchos.


Por todo esto —y por lo que no se puede explicar—, Zicatela se queda en la memoria.


Bravo, A., Lugares

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