Doença
Doença
Supe que lo nuestro no iba a funcionar.
No lo hizo desde el inicio.
Nunca ardió la chispa de la vida en el beso del amor verdadero.
Tus brazos eran territorio ajeno para mi cuerpo.
Seguir era alimentar una mentira.
Avanzábamos, lentamente, hacia el abismo.
No tuviste la valentía de irte,
a pesar de mis asperezas,
mi indisposición,
mi indiferencia.
Por eso, mi último acto de amor
fue marcharme sin despedida:
para salvarnos a ambos
de esa enfermedad.
Norah Bravao, Cartas sin destinatario…
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