Miércoles de relato
Pauta 4: encuentro de pieles
Por Norah Bravao
Entrega total
Vivíamos en el mismo barrio. Nos conocíamos desde niños. Sin embargo, lo empecé a ver como hombre en el colegio, cuando su familia se había mudado a 20 kilómetros del antiguo barrio. Íbamos en grupos diferentes, pero nos veíamos en el receso. Me gustó mucho que me hacía reír. Poco a poco fuimos compartiendo muchos momentos. En la fiesta de cumpleaños de una amiga en común, nos besamos y nos hicimos novios. Algo pasó cuando nos hicimos novios: surgieron distintas circunstancias que nos impidieron vernos con regularidad. Seguíamos hablando todos los días, pero la chispa se había apagado.
Un buen día, mi novio tomó la iniciativa de mandarme un mensaje fuera de lo común. El mensaje decía así: “De qué color es tu ropa interior”. Al principio, me sentí rara, extrañada. Nunca lo había hecho, pero después de unas horas le dije: “negro”. Entró a mi celular una notificación de su número. El mensaje decía así: “mándame una foto para comprobar jejeje”. Lo dejé en visto, pero antes de dormir le envié lo solicitado. Así comenzamos una nueva forma de comunicarnos y de abrirnos a la sexualidad. Al principio me sentí extraña, pero luego lo disfruté.
Un buen día, mis padres y mi hermano salieron a visitar a unos tíos, yo decidí quedarme porque tenía mucha tarea. Después de que se fueron le escribí a mi novio diciéndole: “casa sola. No sé por cuánto tiempo. Trae todo lo necesario. Apresúrate”. Casi inmediatamente me respondió: “voy para allá”.
Yo estaba emocionada y muy nerviosa. No tardó mucho tiempo en llegar. Nos miramos y sonreímos, luego nos besamos y con el beso nos fuimos directo a mi habitación. Durante el traslado, nuestras prendas comenzaron a caer. Le tuve que ayudar porque no podía quitarme el sujetador. Eso me desanimó un poco hasta que en un abrazo efusivo sentí la dureza de su miembro viril. Lo acerqué con fuerza a mi cuerpo y me encantó el roce de nuestras pieles; le mordí el cuello. Deseaba tanto que fuéramos una sola carne, cuando percibí en sus ojos una mirada de perdón. No entendí por qué hasta que noté qué su erección había desaparecido. Me abrazó por los hombros y acercándose a mi oído me dijo: “lo siento”. No le contesté nada y permanecimos en un silencio incómodo hasta que escuché el motor del carro de papá llegar a casa. Le dije a mi novio que se vistiera. Casi nos atrapaba mi familia, pero salimos bien de la situación.
No habrá una segunda vez.
Comentarios
Publicar un comentario