Justino Hernández: el hombre que habló con la tierra
Justino Hernández: el hombre que habló con la tierra
Un hombre solo, la culpa como herencia y la tierra como única confidente. Esta es la historia de Justino Hernández.
Justino Hernández era un hombre de tierra y silencio.
Delgado, pero de brazos fuertes como raíces, su rostro estaba surcado por arrugas profundas, no tanto por los años como por las penas. Desde joven, cargó el peso de una tragedia que no eligió: la muerte repentina de su padre lo convirtió en cabeza de familia con apenas doce años.
Tuvo que hacerse hombre sin tiempo, sin tregua, cuidando a sus seis hermanos. Pero la pobreza y el crudo invierno se llevaron a cuatro de ellos. Justino nunca se perdonó. Aquella culpa le quedó grabada en los ojos. Y sus dos hermanos menores, los sobrevivientes, lo supieron pronto. Aprendieron a manipularlo con la memoria de los ausentes.
—Si no nos cuidas, vamos a morir igual que ellos —le decían—. Tú sabrás.
Justino nunca respondió. Solo trabajaba más.
Años después, se casó con María Lima. Tuvieron dos hijos, pero el menor murió de cólera durante una epidemia que azotó la región. María, rota por el dolor, se marchó llevándose al otro niño. No dejó carta ni aviso. Solo el silencio y la cuna vacía.
Desde entonces, Justino vivía solo con su madre. El pueblo lo evitaba. Decían que tenía mala sombra, que traía barrunta, como si la desgracia se le pegara al cuerpo. Él no decía nada. Se encerró en su trabajo de albañil, construyendo casas y chales que nunca podría habitar. Su único consuelo era su milpa.
La milpa lo alimentaba, sí, pero también lo escuchaba. Allí, entre surcos y maleza, le contaba sus alegrías pequeñas y sus dolores más hondos. Era su confidente de maíz.
Un día, su madre cayó enferma. Justino pidió ayuda a sus hermanos, pero ellos —los únicos que quedaban— se negaron con frialdad. Entonces, él mismo comenzó a cavar la fosa. Cada noche bajaba al cementerio, pala al hombro, lámpara en mano, sudando más por dentro que por fuera. La tierra era dura. Le dolía. Pero no tanto como el pensamiento de perderla.
La noche en que colocó el último tabique en la tumba, se sentó un momento al borde del agujero.
—¿Qué será de mí cuando ella ya no esté? —murmuró.
Le temblaron las manos. Le tembló el mundo. Tomó su carretilla, guardó sus herramientas y emprendió el regreso a casa. En ese preciso instante, mientras el camino crujía bajo sus pasos, su madre exhalaba su último suspiro.
Las ideas que lo atormentaban ya no eran temores. Se habían vuelto realidad.
Y la noche, que lo había visto cavar durante tantas jornadas, lo recibió con un abrazo silencioso. Porque a veces, cuando uno queda solo en el mundo, ni siquiera la tierra responde.
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Bravao, Norah, Desde la milpa…
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