Masacre

Masacre
El ritual comenzó cuando a un elegido de la turba le pusieron en las manos un palo macizo, le vendaron los ojos y le dieron tres vueltas.
La multitud, jubilosa, gritaba:
—Dale, dale, dale; no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino…
A tientas, el desalmado me buscaba para golpearme una y otra vez. Sin piedad. Palo a palo.
Cuando un golpe acertaba y alguna parte de mí se desprendía, cuando mi relleno brotaba como sangre, la euforia crecía.
Luego venía otro. El mismo procedimiento.
Me sentía como un cristiano en el circo romano.
Pese a los esfuerzos de quienes me colgaron y movían el lazo que me sostenía, de un lado a otro, para evitar los golpes, mi final se acerca: he perdido cinco de mis siete picos.
No hay parte de mí que no me duela.
Dense prisa.
Quiero morir.
Bravao, N., Objetos animados…

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