¿Bailamos?

Bailamos?


La vi en la mesa del rincón, como a alguien que no debía pasar desapercibida. Me detuvo su larga cabellera negra, en contraste con la palidez casi luminosa de su piel. No quise pensar demasiado en lo que podría ocurrir y caminé hacia ella.

Entonces comenzó a sonar “El cuarto de Tula” del Buena Vista Social Club.

La miré a los ojos, sonreí —o eso intenté— y le pregunté:

—¿Bailamos?


Norah Bravao, Escritos sin par…


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